Kropotkin

“It is because all that is necessary for production- the land, the mines, the highways, machinery, food, shelter, education, knowledge-all have been seized by the few in the course of that long story of robbery, enforced migration, wars, of ignorance and oppression, which has been the life of the human race before it had learned to subdue the forces of Nature. It is because, taking advantage of alleged rights acquired in the past, these few appropriate today 2/3’s of the products of human labor, and then squander them in the most stupid and shameful way. It is because, having reduced the masses to a point at which they have not the means of subsistence for a month, or even for a week in advance, the few only allow the many to work on condition of themselves receiving the lion’s share. It is because these few prevent the remainder of men from producing the things they need, and force them to produce, not the necessaries of life for all, but whatever offers the greatest profits to the monopolists.”

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Poem for the Young White Man who asked me how I, an intelligent well-read person could believe in the War Between Races

In my land there are no distinctions.
The barbed wire politics of oppression
have been torn down long ago. The only reminder
of past battles, lost or win, is a slight
rutting in the fertile fields.

In my land
people write poems about love,
full of nothing but contented childlike syllables.
Everyone reads Russian short stories and weeps.
There are no boundaries.
There is no hunger, no
complicated famine or greed.

I am not a revolutionary.
I don’t even like political poems.
Do you think I can believe in a war between races?
I can deny it. I can forget about it
when I’m safe,
living on my own continent of harmony
and home, but I am not
there.

I believe in revolution
because everywhere the crosses are burning,
sharp-shooting goose-steppers round every corner,
there are snipers in the schools. . .
(I know you don’t believe this.
You think this is nothing
but faddish exaggeration. But they
are not shooting at you.)

I’m marked by the color of my skin.
The bullets are discrete and designed to kill slowly.
They are aiming at my children.
These are facts.
Let me show you my wounds: my stumbling mind, my
“excuse me” tongue, and this
nagging preoccupation
with the feeling of not being good enough.

These bullets bury deeper than logic.
Racism is not intellectual.
I can not reason these scars away.

Outside my door
there is a real enemy
who hates me.

I am a poet
who yearns to dance on rooftops,
to whisper delicate lines about joy
and the blessings of human understanding.
I try. I go to my land, my tower of words and
bolt the door, but the typewriter doesn’t fade out
the sounds of blasting and muffled outrage.
My own days bring me slaps on the face.
Every day I am deluged with reminders
that this is not
my land

and this is my land.

I do not believe in the war between races

but in this country
there is war

Never Marry A Mexican

I’ll never marry. Not any man. I’ve known men too intimately.
I’ve witnessed their infidelities, and I’ve helped
them to it. Unzipped and unhooked and agreed to clandestine
maneuvers. I’ve been accomplice, committed premeditated
crimes. I’m guilty of having caused deliberate pain
to other women. I’m vindictive and cruel, and I’m capable
of anything.

A Litany for Survival- A. Lorde

‘For those of us who live at the shoreline
standing upon the constant edges of decision
crucial and alone
for those of us who cannot indulge
the passing dreams of choice
who love in doorways coming and going
in the hours between dawns
looking inward and outward
at once before and after
seeking a now that can breed
futures
like bread in our children’s mouths
so their dreams will not reflect
the death of ours:

For those of us
who were imprinted with fear
like a faint line in the center of our foreheads
learning to be afraid with our mother’s milk
for by this weapon
this illusion of some safety to be found
the heavy-footed hoped to silence us
For all of us
this instant and this triumph
We were never meant to survive.

And when the sun rises we are afraid
it might not remain
when the sun sets we are afraid
it might not rise in the morning
when our stomachs are full we are afraid
of indigestion
when our stomachs are empty we are afraid
we may never eat again
when we are loved we are afraid
love will vanish
when we are alone we are afraid
love will never return
and when we speak we are afraid
our words will not be heard
nor welcomed
but when we are silent
we are still afraid

So it is better to speak
remembering
we were never meant to survive

Trump y el Antifascismo Cotidiano Más Allá de Golpear Nazis

Se ha prestado mucha atención al vengador anónimo que golpeó al líder
supremacista blanco de la alt-right (derecha alternativa) Richard Spencer
en la protesta durante la toma de posesión de Trump en Washington DC, y
con buenos motivos. Sin embargo, el golpe que se escuchó en todo internet
estaba lejos de ser la única acción antifascista llevada a cabo en Washington
DC ese fin de semana.
Con el fin de desarrollar una amplia agenda anti-fascista dirigida a arrancar
esta mala hierba de raíz, no debemos pasar por alto los ejemplos
aparentemente más corrientes, incluso triviales, de lo que yo llamo
antifascismo cotidiano, que se basa en desarrollar una perspectiva que pueda
contener la marea de intolerancia desatada por “el trumpismo cotidiano”.

Fascismo cotidiano

Si queremos promover el antifascismo cotidiano, primero debemos tener
claro qué es el fascismo cotidiano (lo cierto es que puede tomar muchas
formas), y quiénes son los fascistas cotidianos. A pesar de que la alt-right
hace mucho ruido, quienes se identifican con esa nueva etiqueta son más
bien pocos.
Sin embargo, cuando Trump ascendió al poder, sus ideas se filtraron
mediante una campaña para encender los instintos reaccionarios entre
muchos estadounidenses blancos que se sienten ignorados por la pérdida de
su “lugar bajo el sol”. Un país que imaginaban que permanecería blanco,
cristiano, patriarcal y heteronormativo con una eterna economía de
manufactura se está rápidamente desvaneciendo.
En este contexto, Spencer y la alt-right se han servido de Trump como buque
insignia de su movimiento para hacer retroceder los avances (aunque incompletos) que los movimientos sociales estadounidenses han conseguido
al convertir en tabú social las manifestaciones explícitas de racismo, sexismo
y otros comportamientos opresivos. Tabús que ahora son descartados como
“corrección política”.
Esto ha tomado distintas formas, desde Trump y sus partidarios desestimando
los fanfarroneos en los que se jactaba de un asalto sexual como meras
“conversaciones de chicos” hasta su desdén por los Convenios de Ginebra y
la oposición a la tortura en general, desde etiquetar a los inmigrantes
mexicanos como violadores, a su indignación por ser nombrado por la
revista Time “persona del año” en lugar de “hombre del año”.
Gran parte de la popularidad de Trump derivó del alivio que muchos
estadounidenses sentían al escuchar a alguien en una posición incuestionable
de autoridad y prestigio decir las mismas cosas que habían estado pensando
durante años, pero que se consideraban demasiado tabú por la sociedad
como para pronunciarlas o ponerlas en práctica. Especialmente después de
la elección de Trump, la fuerza de ese tabú se ha dañado, registrándose más
de 867 “casos de acoso o intimidación de odio” en de los primeros diez días
después de la elección.
Cuando pensamos en fascistas cotidianos, hay que tener en cuenta que los
regímenes fascistas del pasado no podrían haber sobrevivido sin una capa de
amplio apoyo social. Con los años, la investigación histórica ha demostrado
que el proceso de demonizar a los marginados requiere el privilegio de los
favorecidos, haciendo a muchos de ellos aliados explícitos o implícitos de
Mussolini, Hitler y otros líderes.
El fascismo requiere para el desarrollo de su hiper-nacionalismo el apoyo
social a la destrucción de normas “artificiales” y “burguesas” tales como los
“derechos del hombre”, por ello en la actualidad hay que estar alerta a la
campaña en curso de deslegitimización de las normas éticas y políticas que
tenemos a nuestra disposición para responder. Esto es evidente en muchos
de los argumentos de la extrema derecha, pero me pareció útil la
articulación de la misma que se encuentra en el comienzo de un artículo de
uno de los típicos asquerosos blogs de la alt-right:
Una de las mejores cosas de la gloriosa, GLORIOSA victoria electoral de
Donald Trump es como se probó que todas las principales difamaciones que
los SJWs [Guerreros de la Justicia Social] y “periodistas” lanzan a las personas
desinformadas —sexista, racista, islamófobo, etc.— han perdido la mayor
parte de su poder. Después de todo, Trump fue agredido constantemente
con estos insultos durante la campaña presidencial, incluso por los medios
de comunicación “respetables”, y aun así terminó superando Hillary Clinton
decisivamente. Es cuestión de tiempo, porque las incesantes acusaciones de
racismo y sexismo no sólo han ido perdiendo impacto, también se han
convertido básicamente en veneno intelectual.
Después de la victoria de Trump, tenemos una mezcla peligrosa de
conservadores convencionales que no quieren parecer racistas y “realistas
raciales” de la alt-right que acusan a la “izquierda” de usar
desproporcionadamente un término que hoy carece de sentido —en otras
palabras, ya nadie es racista (¿o ahora todos somos racistas?). Hay una
diferencia importante entre el paradigma anterior, donde la izquierda acusó
a la derecha de ser racista, y la derecha acusó a la izquierda de ser los
verdaderos racistas porque se centraban tanto en lo racial, y un paradigma
de desarrollo, donde la alt-right y estos han influido en tratar de debilitar la
fuerza que tiene la acusación.
Los fascistas cotidianos son los ardientes partidarios de Trump que “dicen las
cosas como son” tratando activamente de desmantelar los tabúes contra la
opresión para los que los movimientos por el feminismo, la liberación negra,
la liberación queer y otros han dado su sudor, sus lágrimas y con demasiada
frecuencia, su sangre, estableciendo, como es sabido, chapuceros y
demasiado fácilmente manipulables baluartes contra el fascismo abierto.
Estas normas sociales son constantemente cuestionadas y, lamentablemente,
están sujetas a la resignificación en direcciones opresivas, como cuando
George W. Bush vendió la guerra en Afganistán como una cruzada por los
derechos de las mujeres. Sin embargo, el hecho de que los políticos hayan
sentido la necesidad de participar en los campos que la resistencia popular
ha establecido significa que fueron permeables a los ataques políticos sobre
bases que al menos tácitamente reconocían. Sin embargo, una de las
principales preocupaciones de Trump y de la alt-right es que esperan vaciar
esas cuestiones de significado.
Los progres tienden a examinar las cuestiones de sexismo o racismo en
términos de creencias o lo que está “en el corazón de cada uno”. Lo que a
menudo se pasa por alto en tales conversaciones es que lo que uno realmente
cree es a veces mucho menos importante que lo que las limitaciones sociales
permiten a esa persona articular o desarrollar. Este asunto está en el centro
de las cuestión del progreso o regresión social y sus contornos se establecen
a través de redes aparentemente infinitas de interacciones humanas que
componen nuestra sociedad.
Aunque siempre hay que tener cuidado al tratar de dibujar grandes grupos
de personas con brocha gorda, es evidente que los ardientes partidarios de
Trump votaron por su candidato, ya sea a causa o a pesar de su misoginia,
racismo, desprecio por personas discapacitadas, islamofobia y otros muchos
rasgos odiosos. Cuando en el cenit de la campaña presidencial “Americanos
por una Vía Mejor” envió cartas a cinco mezquitas en California llamando a
los musulmanes “un pueblo vil y sucio” y amenazando con el genocidio,
podemos ver cómo los fundamentos básicos del fascismo cotidiano
envalentonan a quienes intentan aterrorizar a las personas marginadas.

Antifascismo cotidiano

Cuando los izquierdistas piensan en antifascismo tienden a centrarse en los
movimientos alrededor de los muchos grupos de acción antifascista
popularmente abreviados como “antifa”. Estos sin duda juegan en todo el
mundo un papel tremendamente importante en la resistencia a la extrema
derecha y la protección de los vulnerables. Aquí, sin embargo, me interesan
las formas más sutiles de antifascismo cotidiano que privan a la extrema
derecha de sus bases de apoyo en la opinión popular. Para entender lo que
quiero decir con antifascismo cotidiano, primero echemos un vistazo a lo que
yo llamo una perspectiva antifascista que proporciona su fundamento.
En su núcleo, la política antifascista consiste en impedir que los fascistas
tengan una plataforma para promover sus políticas en la sociedad. Esto se
puede hacer enfrentándolos físicamente cuando realizan convocatorias
públicas, presionando para cancelar sus eventos, cerrando sus sitios web,
robando sus periódicos, etc. En el corazón del ethos antifascista está el
rechazo a la clásica idea progre adoptada de Voltaire de que “desapruebo lo
que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho de decirlo.”
Después de Auschwitz y Treblinka, los antifascistas se comprometieron a
luchar hasta la muerte para pisotear el derecho de los nazis a decir lo que
sea.
En teoría, el liberalismo estadounidense es alérgico a la noción de
“discriminación” contra cualquier persona basada en sus opciones políticas, y
considera al gobierno como árbitro de un juego al que todas las tendencias
políticas están invitados a jugar (a pesar de la inexactitud empírica de este
sueño). A menos que rompan la ley, los nazis pueden ser nazis. Esa es sólo su
“opinión”, que es tan legítima como cualquier otra en un imaginario mercado
libre de ideologías. Por el contrario, el antifascismo es manifiestamente
político en su determinación de negar la legitimidad de las opiniones nazis y
tomar en serio las ramificaciones que tales opiniones pueden tener y tienen
en el mundo que nos rodea.
Una perspectiva antifascista aplica esta lógica a cualquier tipo de interacción
con los fascistas. Se niega a aceptar la peligrosa idea de que la homofobia es
sólo una “opinión” personal que se tiene derecho a mantener. Rehúsa aceptar
la oposición a “Black Lives Matter” que argumenta que es un simple
desacuerdo político. Una perspectiva antifascista no tolera la “intolerancia”.
No “aceptará estar en desacuerdo”. Para aquellos que sostienen que esto no
nos haría mejores que los nazis, debemos señalar que nuestra crítica no es
contra la violencia, la discriminación o el boicot de las charlas en abstracto,
sino contra quienes lo hacen al servicio de la supremacía blanca, del heteropatriarcado,
de la opresión de clase y del genocidio. No es una cuestión
táctica, sino política.
Si el objetivo de la política antifascista normal es lograr que los nazis no
puedan mostrarse en público sin oposición, entonces el objetivo del
antifascismo cotidiano es aumentar el costo social del comportamiento
opresivo a tal punto que los que lo promueven no vean otra opción que
ocultar sus opiniones. Ciertamente este objetivo no se había logrado por
completo antes del ascenso de Trump, pero su elección y el crecimiento de
alt-right (al menos en la web) ha hecho esta tarea aún más apremiante.
La perspectiva antifascista se puso en acción de muchas maneras en las
protestas durante la toma de posesión: desde el ejemplo más visible de pegar
a Richard Spencer, pasando por quemar las gorras de béisbol de Trump de
los asistentes al evento “DeploraBall” de la alt-right, a encararse a los
partidarios de Trump en la Marcha de las Mujeres. Dos pancartas que vi en la
Marcha de las Mujeres encarnan esta perspectiva. Decían: “Hagamos que los
racistas tengan miedo de nuevo” y “Hagamos que los violadores tengan miedo
de nuevo”. Estos lemas señalan el hecho de que, aunque idealmente podamos
convencer a todos los racistas y violadores de cambiar sus maneras, la tarea
apremiante para la protección de las personas vulnerables es: hagamos que
se lo piensen dos veces antes de actuar.
Para aclarar, sin duda estoy de acuerdo en que el cambio de corazones y
mentes es ideal y que puede suceder. Un ejemplo llamativo ocurrió con el
caso de Derek Black, hijo del fundador del portal nacional Stormfront,
que renegó de la supremacía blanca gracias a conversaciones con amigos del
New College of Florida.
Pero aparte de la rareza de esta evolución, debe recordarse un punto: que
las ideas supremacistas de White Derek Black y las ideas antirracistas de los
estudiantes del New College no se encontraron en igualdad de condiciones.
Derek Black estaba avergonzado de ser un neonazi y ese hecho salió a la luz
solamente cuando otros lo hicieron público. ¿Por qué estaba avergonzado?
Debido a que el nazismo ha sido tan completamente desacreditado que se
sentía como que era una pequeña minoría en desacuerdo con todo el mundo
a su alrededor.
En otras palabras, los movimientos antirracistas del pasado construyeron el
alto costo social que suponía la perspectiva supremacista blanca de Black,
allanado así el camino para que se abriera a una visión antirracista. Los
corazones y las mentes nunca se cambian en el vacío; son productos de los
mundos que los rodean y de las estructuras de discurso que les dan sentido.
Cada vez que alguien actúa contra un fanático transfóbico y racista —desde
desafiarlos a boicotear su negocio, a avergonzarlos por sus creencias
opresivas, a poner fin a una amistad a menos que rectifique— ponen en
práctica una perspectiva antifascista que contribuye a un antifascismo
cotidiano más amplio necesario para apoyar la corriente contra el alt-right,
Trump y sus leales partidarios. Nuestro objetivo debe ser que, los que
votaron por Trump se sientan demasiado incómodos como para reconocerlo
en público dentro de 20 años.
Es posible que no siempre podamos cambiar las creencias de alguien, pero
con seguridad podemos hacer que sea políticamente, socialmente,
económicamente y a veces físicamente costoso articularlas.

Por qué la geografía de Ciudad de México agrava los sismos

“The Spanish built modern Mexico City over the ruins of the Aztec capital of Tenochtitlan, which they conquered in 1521. The Aztec city was on an island in Lake Texcoco, but the Spanish drained the surrounding lake over centuries and expanded Mexico City onto the new land.

Today, much of the city stands on layers of sand and clay — up to 100 yards deep — that used to be under the lake. These soft, water-laden sediments make the city uniquely vulnerable to earthquakes and other problems.”

Malatesta, 1907

In the syndicates we must remain as anarchists, with all the force and breadth of the term. The workers’ movement is nothing more than a means – albeit obviously the best of all the means at our disposition. But I refuse to take this means as an end, and I would reject it if it were to make us lose sight of the other elements of our anarchist ideas, or more simply our other means of propaganda and action.

The syndicalists on the other hand teach us to make an end of the means, to take the partial for the whole. That is how in the minds of some of our comrades syndicalism is about to become a new doctrine, threatening the very existence of anarchism.

Now, even if it is reinforced by the pointless use of the adjective revolutionary, syndicalism is and always will be a legalitarian, conservative movement with no other possible goal – at best – than the improvement of working conditions. I need go no further for proof than the example offered by the great North American unions. Having presented themselves as radically revolutionary, at a time when they were still weak, once they grew in size and wealth these unions these unions became markedly conservative organizations, solely occupied with creating privileges for their members in the factory, workshop or mine, and are much less hostile to the bosses’ capitalism than the non-organized workers, that ragged proletariat so maligned by the social democrats! Now, this continually-growing proletariat of the unemployed, which counts for nothing with syndicalism, or rather which counts only as an obstacle, cannot be forgotten by us anarchists and we must defend it because it is subjected to the worst sufferings.

Let me repeat: anarchists must enter the workers’ syndicates. Firstly, in order to carry out anarchist propaganda; secondly, because it is the only means that can provide us with groups that will be in a position to take over the running of production come the day; furthermore, we must join in order to counteract to the best of our abilities that detestable state of mind that leads the unions to defend only particular interests. (…)

One can no longer deny that union action carries risks. The greatest of these risks certainly lies in militants accepting official positions in the unions, above all when they are paid positions. As a general rule, the anarchist who accepts permanent, paid office within a union is lost to propaganda, and lost to anarchism! He becomes indebted to those who pay him and, as they are not anarchists, the paid official who finds himself torn between his own conscience and his own interests will either follow his conscience and lose his position or else follow his interests and so, goodbye anarchism!